obsesión por lo juvenil genera en nuestra sociedad una doble
preocupación. Por un lado, entre el mundo adulto se propaga la
necesidad de exteriorizar una estética juvenil como garantía de cierto
reconocimiento social. Por otro, muchas organizaciones e instituciones
ponen a los jóvenes como eje central de su preocupación, pasando a
ser un punto de referencia inagotable del discurso público,
institucional, de los medios de comunicación. Y, naturalmente, de la
publicidad.
Frente a esta situación, el sector joven vive una noche oscura. Se
ha utilizado su estética y su imagen. A pesar de su mitificación, los
jóvenes quedan al margen de determinados espacios sociales y
culturales imprescindibles para el crecimiento personal y el necesario
desarrollo de su personalidad.
La ciudad duerme durante la noche, y aquello que la luz del día
esconde comienza a despertar. El joven se libera de los elementos
restrictivos del día. La noche es su espacio; sus padres están
ausentes. No hay horarios ni censura. La noche es a la vez divertida,
porque en ella se descubren cosas desde la autonomía. También es
di-vertida, porque aparecen dos personalidades: por un lado, lo
fantástico de lo autónomo y, por otro, la inmadurez y la inseguridad.
* * * * *
La noche se convierte para los jóvenes en lugar de denuncia y
rebeldía. Se erige en un espacio de identidad donde los muchachos
pueden protestar frente a un mundo adulto que les impide y dificulta el
paso con la colocación de incómodos obstáculos.
El paro, la eventualidad de los contratos, las pésimas condiciones
laborales—horarios, retribuciones—, la escasa cualificación de tantos
jóvenes que no culminaron alguna enseñanza de formación
profesional... son motivos suficientes para dificultar la inserción de la
juventud en el mundo laboral y, por ende, en el mundo adulto.
Jóvenes abocados, desde la finalización de sus estudios primarios, a
trabajar, a cambio de un sueldo mísero, en negocios donde el
empresario se aprovecha de la enorme demanda de mano de obra.
Basta citar, como ejemplo, a las empresas de trabajo temporal. Son
muchos los jóvenes que peregrinan hoy de trabajo en trabajo, con
contratos que duran días, míseros sueldos que deben ser repartidos
con las empresas intermediarias... Legalización de la esclavitud.
Otros jóvenes, los que han tenido la oportunidad de finalizar alguna
carrera universitaria, se ven abocados, salvo alguna excepción, a
venderse laboralmente a empresas explotadoras donde está
asegurada la formación en la competitividad y el individualismo más
atroz. Jornadas de más de doce horas, en que la dinámica propia de
funcionamiento empresarial deshumaniza completamente.
* * * * *
La noche es para los jóvenes el espacio de libertad y de autonomía
respecto del mundo adulto. La dependencia de la familia de origen y
el retraso en constituir la suya propia provocan que aquellos no
puedan tener su propio espacio vital. La pelea por mantener horarios
de vuelta a casa ha sido un combate perenne entre padres e hijos.
Los adultos han tenido que ceder ante la imposibilidad de facilitarles
espacios de intimidad durante el día. Ante esta situación, los jóvenes
se ven compelidos a vivir la intimidad durante la noche, ajenos al
mundo adulto, en espacios públicos distintos del familiar. La noche ha
quedado a pleno dominio de los jóvenes, especialmente los fines de
semana. De ahí que ir de «finde» sea equivalente a desaparecer la
noche del viernes para volver a aparecer la noche del domingo. Este
culto compulsivo a los espacios noctámbulos se ve acompañado de
luz y de sustancias que ayudan a resistir durante toda la noche con
músicas de secuencias rítmicas obsesivas, constantes, de evasión.
Músicas en las que se sumergen y que, paradójicamente, evitan una
comunicación más profunda. Así nos encontramos con que los
«señores de la noche» viven en manada, pero al mismo tiempo en
profunda soledad. Nunca como en estos momentos es necesaria la
presencia del mundo adulto como referente en estos espacios
juveniles. De ahí que en algunos paises hayan cobrado importancia
los educadores de noche, especialmente en aquellos círculos de
muchachos más machacados y marginalizados.
La noche es el espacio que oculta la debilidad del joven, la
inseguridad que en el fondo de sí tiene cada uno. La noche esconde
el miedo que se genera ante la fuerza devastadora del tiempo. La casi
totalidad de la cultura se encarga de obsesionar con un mensaje: «El
tiempo es cruel y pasa rápido; ¡atención!, ésta es la mejor etapa de tu
vida; no la mejor, la única etapa buena de la vida, que huye rápida
como la arena que se escurre entre los dedos». Esta presión crea
sobre la mentalidad adolescente ansiedades frente a preguntas que
les surgen a diario: ¿qué pasa si no lo estoy pasando tan bien?; ¿y
qué tipo de persona soy si estoy preocupado por determinados
problemas de mi casa, mi familia, mi ambiente?; ¿y si un problema de
amores—con 15 años los hay a diario—me tiene ausente y decaído?;
¿es que estoy como dejándome morir?; ¿es qué no existe felicidad,
eso de...?; ¿es que...?
respecto del mundo adulto. La dependencia de la familia de origen y
el retraso en constituir la suya propia provocan que aquellos no
puedan tener su propio espacio vital. La pelea por mantener horarios
de vuelta a casa ha sido un combate perenne entre padres e hijos.
Los adultos han tenido que ceder ante la imposibilidad de facilitarles
espacios de intimidad durante el día. Ante esta situación, los jóvenes
se ven compelidos a vivir la intimidad durante la noche, ajenos al
mundo adulto, en espacios públicos distintos del familiar. La noche ha
quedado a pleno dominio de los jóvenes, especialmente los fines de
semana. De ahí que ir de «finde» sea equivalente a desaparecer la
noche del viernes para volver a aparecer la noche del domingo. Este
culto compulsivo a los espacios noctámbulos se ve acompañado de
luz y de sustancias que ayudan a resistir durante toda la noche con
músicas de secuencias rítmicas obsesivas, constantes, de evasión.
Músicas en las que se sumergen y que, paradójicamente, evitan una
comunicación más profunda. Así nos encontramos con que los
«señores de la noche» viven en manada, pero al mismo tiempo en
profunda soledad. Nunca como en estos momentos es necesaria la
presencia del mundo adulto como referente en estos espacios
juveniles. De ahí que en algunos paises hayan cobrado importancia
los educadores de noche, especialmente en aquellos círculos de
muchachos más machacados y marginalizados.
La noche es el espacio que oculta la debilidad del joven, la
inseguridad que en el fondo de sí tiene cada uno. La noche esconde
el miedo que se genera ante la fuerza devastadora del tiempo. La casi
totalidad de la cultura se encarga de obsesionar con un mensaje: «El
tiempo es cruel y pasa rápido; ¡atención!, ésta es la mejor etapa de tu
vida; no la mejor, la única etapa buena de la vida, que huye rápida
como la arena que se escurre entre los dedos». Esta presión crea
sobre la mentalidad adolescente ansiedades frente a preguntas que
les surgen a diario: ¿qué pasa si no lo estoy pasando tan bien?; ¿y
qué tipo de persona soy si estoy preocupado por determinados
problemas de mi casa, mi familia, mi ambiente?; ¿y si un problema de
amores—con 15 años los hay a diario—me tiene ausente y decaído?;
¿es que estoy como dejándome morir?; ¿es qué no existe felicidad,
eso de...?; ¿es que...?
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